Fue esto precisamente lo que me sucedió con El gabinete de curiosidades. No sabía nada de este libro, ni conocía a la autora, ni me importó en absoluto que fuese una lectura escrita específicamente para lectores de entre 9 y 12 años. Castillos en el Aire me enseñó hace tiempo que eso da exactamente igual.Sin embargo, la portada me llamó la atención especialmente por su juego de colores y siluetas y por su modo de presentar el título. Como si supiese que, solo por los engranajes, ya me tenía enganchado a su maquinaria. Sabía cuál era mi debilidad y, en cuanto lo vi, me lancé a por él.
Sólo después de decidirme a comprarlo comprobé que la sinopsis resultase interesante. Se desarrolla a finales del siglo XVI, en torno a un retrofuturista Renacimiento, y cuenta la historia de Petra Kronos, una niña de 13 años, y su inseparable araña mecánica Astrophil, tremendamente ilustrada y amante de los libros.
El padre de Petra se dedica a crear artefactos extraordinarios, algunos por encargo del príncipe de Bohemia. Pero el príncipe traiciona al artesano tras robarle un reloj capaz de manipular el tiempo atmosférico y arrancarle los ojos tanto para que no pueda volver a crear uno igual como para poder ver el mundo a través de los ojos del artesano.
Petra, dolida por la situación de su padre, traza un plan en el que se infiltra en el Castillo de la Salamandra, en Praga, para buscar el modo de recuperar los ojos de su padre y devolverle la vista y la capacidad de crear magníficos artefactos.
Esta vez, la impulsiva decisión de hacerme con este libro simplemente por ser libro me ha sorprendido gratamente. Que el modo de narrar esté claramente adaptado a jóvenes lectores, no complica demasiado la lectura, por lo que es fácil y rápido de leer. Pero la historia está muy bien encauzada y evoca un Renacimiento alternativo muy interesante con todo su Clockpunk: sus leyendas, mitos, artefactos, robots, pócimas, tiendas de rarezas, gabinetes de curiosidades…
Un curioso descubrimiento, para pasar un rato agradable de la mano de Marie Rutkoski. Y, una vez más, la literatura juvenil sigue demostrando que no tiene por qué ser tontería para los mayores ni tiene por qué aburrirnos. Ni tenemos por qué mantener mentalidad infantil para que nos guste.
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